Estoy orgulloso de ser un anti discotecas

16 06 2010

Ellos me dirán de todo cuando lean esto, si es que leen.

Yo tengo un serio problema, o al menos eso piensa la gente del montón sobre mí: no me gustan las discotecas, no me gusta bailar, no me gusta rumbear. Detesto todo eso, me hace sentir tan incómodo, como estar en una morgue con las neveras de los cadáveres dañadas. Con esa declaración les basta a todos para mirarme de un modo como si les hubiera dicho que me encanta matar animales pequeños.

Tal vez esta sea la maldición de vivir en un país que siempre fue un wannabe caribeño que adoptó costumbres inusuales de esa región.

Toda mi aversión se viene desarrollando desde que yo era niño, con la bendita manía de los padres en que los niños deben aprender a bailar. Yo nací no solo con dos pies izquierdos, sino que con una desmotivación bíblica en esa actividad.

Y con respecto a aprender a bailar, siempre me he preguntado ¿Para qué? ¿Gano algo útil con eso? ¿Me dejarás de ladillar si aprendo? Me acuerdo que cuando tenía 9 años ya algunos de mis familiares pretendían que yo me metiera a una escuela de baile en vista de que yo no daba mi brazo a torcer. No sé con qué objeto debía aprender si eso no me va ayudar en nada. Mejor me hubieran pagado unas clases para aprender a hablar alemán o me dejan ingresar a una escuela de tiro, o cualquier otra cosa que sirva.

Recuerdo que cuando estudié la secundaria, conmigo estudiaban varias sifrinitas. Una de ellas, destacó por su motivación a la hora de estudiar para los exámenes: pasar para poder ir a un antro. Tal hecho se repetía en cada evaluación que nos asignaban, era prácticamente un ritual. A veces aprobaba, a veces no. Todavía no sé cómo la dejaban entrar, supongo que fue por ir con algún familiar adulto. Me pregunto cómo ha de estarle yendo en la vida.

Cuando entré a la universidad, por allá a finales del 2004, comprobé que el paso del bachillerato a un alma mater no hacer cambiar actitudes. Había las misma divisiones, el grupo de los geeks inadaptados (donde siempre con gusto entraba) y los chéveres.

Los chéveres son esos que siempre tienen una capacidad increíble para rastrear a sus congéneres. Desde el primer día son un grupo fijo para todo, desde estudios hasta las saliditas nocturnas, pasando por la competencia de “quién es más nice“.

Antes de que se popularizara Facebook, cada jueves (que vendría siendo como un viernes, puesto que hasta ese día me duraban las clases) ellos hablan de ir a tal sitio a tal hora. Cuando volvían el lunes a clases, se ponían a hablar -siempre reunidos- de la rumbita del fin de semana pasado, y todo eso abarca desde que empezaron hasta que decidieron terminar. Cada semana la historía se repetía.

Ahora que Facebook existe, junto a ese demoníaco aparato llamado Blackberry y cuando tienes a un “chévere” agregado, cuídate de revisar tus avisos porque lo descrito en el párrafo anterior llega de inmediato.

Jamás le vi sentido a esa actividad, tanto así, que una biblioteca abierta un sábado en la noche me parece más entretenida. De hecho, con la decadente era musical que nos tocó vivir en los 2000′ s, el asunto fue muy malo. Ibas a calarte el perretón a la fuerza, pero en mi caso la vaina involucra más, porque aunque estuviera en Suecia o en Dinamarca, así tenga plena garantía de que no iba a escuchar el maldito perreo, tampoco iría a una disco. Ése no es mi ambiente.

Terminé de confirmarlo un día que me invitaron a salir a un sitio nocturno. Me sentí como en un súpermercado sin la lista de lo que voy a comprar. Tragué humo por culpa de los chéveres que creen que contrayendo cáncer pulmonar se van a ver más cool, y otros huevones que con trago en mano se hacía pasar por interesantes. Qué aburrimiento pasé aquella noche, y pensando que podría estar haciendo cosas mejores.

Tíldame de lo que quieras, a final de cuentas, tú sigues a otros para encajar, yo los obligo a que tengan algo interesante para mí o los mando a freír espárragos.

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